BABE RUTH «El diablo» de las manos ociosas

El juego nos ha dado lo mejor de sus protagonistas y también su verdadera naturaleza. Babe Ruth es la muestra de ello. Nació en 1895 en Baltimore, hijo de inmigrantes alemanes y con ascendencia católica, como la gran mayoría de aquella casta de peloteros que no vinieron de Italia, como una gran parte de los norteamericanos que hicieron de ese país ese mundo aparte.

Su niñez no fue fácil, a los siete años fue internado por su padre en un hospicio y no salió hasta los doce a un funeral, cuando perdió a su madre; nunca más tendría un lazo con su familia que lo hiciera volver a casa, al menos fuera de los campos, volvió a la orfandad y al desprecio de los demás, hechos que lo marcarían de por vida.

La furia y la frustración encontraron en el juego el espacio idóneo para hacer de los golpes un impulso, de las carreras una meta, del regreso a casa una forma de anotar. Pasó de cátcher a primera base y luego a shortstop bajo la guía del Hermano Matías, la primera de las figuras paternas por las que alternaría durante toda su vida.

A los 18 ya era un referente entre una pequeña liga de orfanatos, solo destacaba por la fiereza de sus golpes a la bola y a sus compañeros, al desdén después de saber que habría anotado y que nadie podría detenerlo, a rondar el diamante solo recogiendo aplausos. Firmó con un equipo de pequeñas ligas perteneciente a los Orioles de Baltimore donde sus compañeros se burlaban de falta de experiencia y de la predilección del dueño del equipo, Jack Dunn, de quien era su consentido, su bebé. Pasaron unos meses y todos vieron la furia de su brazo, la impaciencia de sus piernas, el resentimiento que hacía crujir los maderos, la frustración de pertenecer a un equipo y tener que rendirse a otros, el anonimato de la colectividad, veinticinco mil dólares y un viaje a Boston hicieron el resto para despedirse de su primera etapa de su vida y alcanzar la Gran Carpa.

 

Entre alcohol y mujeres

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Herman lanzó y bateó hasta 1919 con los Medias Rojas alcanzando una fama ascendente entre alcohol y mujeres, no era un escándalo en ese entonces acudir a los juegos ebrio, protagonizar peleas, hacer esperar a todos para iniciar el juego, la guerra no lo tocó siquiera, era un zurdo capaz de saltear la atrocidad de la lucha, de desdeñar el llamado de un patriotismo que descansaba en el conflicto. Después vino la maldición para Boston y una de las grandes rivalidades del juego, Herman sería vendido al equipo más grande y más odiado, donde compartiría el parque con las leyendas de las que aquí ya se ha hablado antes.

Pasaron catorce años de gloria y con ella una inminente decadencia, durante ese tiempo Ruth vio llegar, triunfar y declinar a un caballo de hierro que le daría la que fue acaso su gran rivalidad, un joven humilde de una familia amorosa contra el huérfano rebelde ávido de victorias; conocería después del héroe, aquel enamorado de la mujer más bella del mundo y condenado a destruirla acarreando con ello su destino y a un Mickey del que aún faltan letras por describirlo. Ruth llevó al Imperio del Mal a ganar la Serie Mundial, a cambiar sus uniformes, a darle número a sus jugadores, a casi destruir el juego luego de años de triunfos indiscutibles, pero Babe Ruth también lo rescató, lo llevó a las masas y dejó en él su apasionamiento.

Veo en fotos opacas los ojos de Babe Ruth y no percibo más que resentimiento, odio infundado, poca aceptación y deseos de humillación a otros, en el parque usó su imagen para hacerse su propia leyenda a costa de sí mismo, golpeó umpires por contradecirlo, generó rivalidad entre sus compañeros e inauguró el mercadeo sobre su imagen que hoy reina en el juego. Babe Ruth impuso su voluntad sobre un deporte basado en la confianza de los otros y la destreza de uno mismo hasta sus límites, veo la postura de Babe Ruth y no encuentro más que la soberbia del ídolo vistiendo al uniforme, de la búsqueda por la gloria personal, y de la seguridad de la leyenda en su pedestal.

 

El ocaso

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En 1929 la fiesta empezó a hacerse vieja, la decadencia por los veintes y el torrente de alcohol y dinero frenó la otra carrera del Bambino, el costo de los excesos se reflejaba en las cortas y cada vez más pesadas carreras, la respiración agitada, el ascenso de otros y la amenaza que vio en ellos. En una película lo vemos personificado por John Goodman llorando en los vestidores, ebrio y derrotado luego de enfrentar a la audiencia, burlarse de Gehrig y golpear a sus compañeros repitiendo una y otra vez un mantra aprendido en las épocas del orfanato: «El diablo le da trabajo a las manos ociosas, el diablo le da trabajo a las manos ociosas», después cae inconsciente mientras le quitan el uniforme bajo la regadera. Aun así el ídolo se convirtió en bronce de una sola pieza en 1932, cuando en la Serie Mundial contra los Cubs le ordenó a la bola partir un diamante por el centro, a 150 metros de distancia de sus puños, ya la había dejado pasar dos veces sin hacerle daño, poniendo el juego en riesgo, Babe Ruth lo logró una vez más. Todos lo ovacionaron, alguien recogió los testimonios de personas, las grabaciones en la radio, muestran voces de euforia, Gehrig, el siguiente al bat (el cuarto en esa alineación) lo esperó en el home para felicitarlo pero la foto nos dice que Ruth ni siquiera lo miró para agradecerle el gesto.

 

Su sueño de ser manager

El Bambino siempre quiso pasar a la posteridad al ser mánager de un equipo, en 1935 dejó a los Yankees y pasó a los Bravos entonces establecidos en Boston, donde dio sus últimos homeruns, la mística nos dice que un hombre le devolvió veinte años después una bola que el Babe le regaló como recuerdo y promesa de que le daría dos homeruns si prometía recuperarse de una enfermedad; siguió buscando ociosamente dirigir un equipo, fue rechazado en todas las ocasiones, cuatro años más tarde se despediría del hombre más afortunado sobre la faz de la tierra en el campo que él mismo inauguró años atrás, con la muerte de Gehrig se abandonaba en cierta forma a sí mismo y dejaba el paso a nuevas leyendas.

La vida no perdona a nadie, menos cuando se lleva al borde, Ruth, ahora reservado y callado, empezó a sentir molestias en la garganta cada vez más frecuentes, la ronquera ocasional se hizo poco al escupir sangre y las cosas se hicieron graves con la dificultad al mascar la comida, exámenes fueron y vinieron con los años, la voz empezó a irse, incapacitándolo a desahogar todo lo que tuvo dentro, lo que en verdad lo carcomía.

 

Su hr 715 en méxico

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Ruth llegó a México en 1946 en el ocaso de su vida, en un acto de caridad, en el Campo Delta, le dejaron conectar un cuadrangular, el 715 y el que dicen fue el último de su vida, Jorge Pascal le ofreció al fin liderar un equipo, pero el cáncer lo abrasaba desde el cuello hasta el corazón, el Bambino, el ídolo de bronce de las Grandes Ligas sucumbió a su propio cuerpo invadido por el odio que le marcó la existencia, y el diablo, ese artífice de la vida de los héroes le quitó el control de las manos al Bambino una noche de verano de 1946, el ocio había dado frutos, y el ocio le había cobrado al fin por tantos pecados.