Historia de Vida CY Young cuando el juego era perfecto

CY young

A mediados del siglo XIX los Estados Unidos apenas salían de una guerra que los marcó por siempre. La vida entonces era diferente, con el carbón como motor de una industria que se forjaba con excesos, las guerras alejadas del mundo, una modernidad que hoy se antoja nostálgica, un pasado sepia, añejo, a veces inocente.

Young nació dos años después de que mataron a Lincoln. Ohio era un estado que pasaba de la actividad agrícola a una industrialización basada en la explotación del carbón y con poblados pequeños que no rebasaban los miles de habitantes. El mundo era inmenso en esos días y la máquina de vapor tendía sus rieles por un país que se expandía de forma acelerada por tierras con nombres hoy olvidados, con naciones desaparecidas que sufrieron el costo de la modernidad. Como la mayoría, granjeros y protestantes, los Young formaron parte de los americanos promedio del norte en el siglo XIX.

Se llamaba Denton True y estudió hasta el sexto grado, tal vez no era necesario conocer más en la vida si ésta se destinaba a perpetuar la actividad familiar, la granja lo era todo, el hogar, la vida, el legado, el patrimonio. Denton estaba arraigado a esa tierra y nunca rompería sus raíces.

El juego en ese entonces era joven, los equipos, hoy extintos, abarcaban unos cuantos estados, una sola liga los concentraba a todos, los uniformes todavía tenían el aspecto militar que dejó la secesión, sombreros y boinas en lugar de gorras, botas para correr y algunos usaban guantes de cuero para protegerse de los golpes de las bolas hechas de hueso e hilo.

 

“El ciclón” Young lo apodaban

En 1889 Denton empezó a jugar en el equipo local de Canton, Ohio, que competía contra Virginia Occidental y Michigan en una liga hoy perdida, su bola rápida le dio fama entre los pocos reporteros que empezaban a tomar al juego en serio, “casi tiró las tablas de los marcadores”, dijo luego que alguien le gritó desde las butacas que sus lanzamientos eran como un ciclón. Ese año ganó quince veces, perdió otras quince. Después firmó con las Arañas de Cleveland donde encontró su posición como lanzador diestro, eran tan fuertes que el cátcher usaba un bistec dentro de su mascota para soportar los golpes del Ciclón Young, apodo por el que sigue siendo recordado.

En 1896 llevó a su equipo a ganar la Copa Temple contra Baltimore, que resultó el precedente de la Serie Mundial y que en realidad era una copa donada por un industrial que la patrocinaba para dar a conocer el deporte y sus productos. Para 1901 Cy Young se pasó a los Americanos de Boston en una liga americana que apenas se consolidaba con la rival de la nacional. El juego se inventaba sobre la marcha, las reglas se discutían aún y no existía siquiera el consenso de las medidas del campo, de las especificaciones del terreno, las estadísticas eran pobres y aventuradas, los equipos, un conjunto de vecinos que se reunían después del trabajo. Dos años más tarde jugó y ganó la primera edición de la Serie Mundial contra los Piratas de Pittsburgh. Luego vino el gran logro, el 5 de mayo de 1904 no permitió que ningún corredor se embasara, no permitió que ningún bateador llegara a cruzar el diamante, el juego era perfecto. No había récords por vencer todavía, había qué crearlos, qué forjar nuevas leyendas y Young lo hizo con marcas que hasta el momento siguen sin ser abatidas. Volvió a Cleveland en 1909 y se retiró dos años más tarde con el récord absoluto que nadie ha logrado vencer, 511 victorias al hilo.

El hijo del granjero volvió a casa, dejó atrás el juego para enfocarse en la vida familiar, era recordado por sus amigos en las tardes en que después de trabajar les contaba cómo había ganado todos sus juegos, cómo había inventado la bola curva “sólo para relajar el brazo”, la manera en que entraba a la loma sin calentar más allá de tres minutos, y las anécdotas de los lanzamientos tan veloces que no se veían y de las que nunca sabremos la velocidad que alcanzaban porque nadie había pensado todavía en medirla. Casi inauguró la Sala de la Fama, se sorprendió cuando el juego se masificó en la radio y todos empezaron a imaginar el desarrollo de cada partida, a miles de kilómetros vio llegar los uniformes con los números del orden al bate dibujados al reverso, el tabaco mascado, los cazatalentos recorriendo el país en busca de hombres que se convertirían en leyendas. Mientras completaba sus jornadas en la granja con pequeños e improvisados homenajes, con eventos que cambiaron el juego, porque dejó de ser sencillo, de ser una recreación vespertina para hombres cuyo trabajo estaba en otra parte.

El juego con el que Young pasó a la posteridad se convirtió en un deporte y se diluyó en la complejidad de una industria que terminó por absorberlo todo. Atrás quedaron los parques improvisados, las camisolas bordadas por las esposas, las rivalidades de barrios, los entrenamientos casi nulos. Los partidos se llenaron de equipos que venían de lugares remotos en un país que apenas conocía sus propias fronteras. Luego vinieron los grandes estadios, los narradores apasionados, el análisis y la numeralia, las tarjetas en fotografías que dejaron atrás las litografías y fomentaron el mercadeo, las rivalidades vendidas, las franquicias compradas, el juego, que comenzó siendo perfecto, se transformó. Nunca volvería a ser lo mismo.