El Caballo de Hierro

Babe Ruth y Lou Gehrig
Babe Ruth y Lou Gehrig

Su padre fue trabajador del metal y forjó de la nada a una familia alemana en los estados unidos. pasó su niñez estudiando y ayudando a su madre en las labores de la casa, en la propia y en aquellas que limpiaba para ganar algo de dinero. a los diecisiete años, mientras estudiaba comercio, el juego lo llamó y voló la bola sin mayor esfuerzo que el de sus brazos y un giro de talones, con esto empujó a sus tres compañeros de regreso a casa. pasó a la universidad de columbia donde ganó una beca jugando futbol americano, quería ser arquitecto pero nunca llegó a serlo.

gehrig pasó algún tiempo en el americano hasta que en 1923 encontró en la primera base su lugar. entendió la posición y la adoptó como tal, el hombre al que mira el lanzador antes de hacerlo, el verdugo del bateador, el que impide que el corredor avance en un juego que tiene el simple objetivo de frenar al que se atreva a invadir el jardín. el día que el bambino, lleno de gloria, soberbia e impulsos inauguraba el nuevo estadio, lou y su brazo izquierdo fueron descubiertos por un visor, dos semanas después firmaría con los yankees y seis semanas después estaría en el campo. no fue fácil entrar al juego y consolidarse, faltaron cuatro años y entonces estuvo a punto de alcanzar a ruth.

siempre estuvo detrás de él, a dos pasos de distancia y siempre hubo una relación ríspida entre ambos que no hizo sino llevar al equipo a su era dorada. una mancuerna fatal para sus contrincantes, con una estrella y donde uno flaqueaba el otro lo complementaba. ambos zurdos, uno seducido por la fama y alimentando su propia leyenda, el otro, más discreto, en la sombra, aparentemente empequeñecido, sobrio y humilde. resistió hasta el último momento. su alianza con ruth llevó al equipo al mejor de sus momentos y su presencia se extendió incluso hasta que conocimos al héroe que se casaría con la mujer más hermosa del mundo para destrozarse entre sí. la siniestra de gehrig partía bates y diamantes por igual, impulsaba corredores o le daba la fuerza a sus piernas para desbocarse sobre la pradera como un loco, como un potro indómito. alguien lo llamó el caballo de hierro. no era para menos. jugó 2,130 veces sin descanso, llevó a casa a sus tres compañeros que lo precedieron por 23 veces y fue el primero en llegar a cuatro cuadrangulares en una sola partida.

también atrapó una bola con la ceja derecha y al otro día se presentó en el campo, años después la idea es que eso fue lo que lo marcó. llegó a ser el capitán del equipo pero nunca brilló más que ruth.

tal vez no lo necesitaba, pues se mantuvo presente en el rencor del bambino.

el crujir de la madera, las rodillas y los talones empezó a acompañarse de un frío en el espinazo, llegaron las gripas, el agotamiento inexplicable, la caída de los números, los malditos números que se traducen en cifras en los bolsillos en un deporte que no olvida ni los errores. el caballo de hierro decayó en 1938, al final de ese año dijo:

«me siento cansado desde mediados de la temporada, no sé por qué, pero no puedo seguir».

Faltó mucho para que alguien supiera y le diera el triste bautizo a su mal. el 30 de abril siguiente llegó a su cifra mítica de juegos, apenas y corría para ser ponchado. dos días después pidió ser sacado del juego ante detroit por el bien del equipo, la fotografía de ese momento marcó su semblante, decaído, preocupado, asustado por no saber qué era lo que hacía que sus huesos se cansaran de sostener su humanidad.

 

No volvió a jugar

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Después se sometió a análisis, a estudios que le explicaran por qué su cuerpo se negaba a aceptar la vitalidad que su juventud le exigía. llegó a sus treinta y seis años y supo su destino, todo en él dejaría de funcionar paulatinamente, sus sentidos lo dejarían, las fuerzas lo traicionarían, los brazos derretidos y retraídos en el pecho, las piernas inutilizadas. luego vendría el estómago, los pulmones, el cerebro, el corazón. le escribió a su mujer:

«las malas noticias son la esclerosis lateral, parálisis infantil, diríamos en nuestro lenguaje. no hay cura y hay pocos casos como el mío. sólo tengo la mitad de probabilidades de seguir siendo tal y cómo soy en este momento. en diez o quince años podría necesitar un bastón. jugar está fuera de toda posibilidad».

una tarde que viajaba en tren del hospital a su casa lo encontraron unos niños. lo felicitaron,«me estoy muriendo y me están deseando buena suerte». el día de la independencia le hicieron un homenaje, por primera vez nadie podría volver a jugar con su número y para recordarlo se colocaría al borde del jardín. el hombre que lo descubrió le dirigió unas palabras, era como si un padre se despidiera de su hijo desahuciado dijo un reportero. babe ruth, su antiguo y eterno rival, rompió la soberbia y lo abrazó al fin, tal vez se veía en su propio futuro, tal vez alcanzaba a imaginarse nueve años después, acabado, invadido de cáncer.

«me considero el hombre más feliz sobre la faz de la tierra» dijo antes de despedirse al fin, le llenaron de regalos y palabras, y el ostentoso homenaje fue rematado por un trofeo que casi se le cayó de las manos porque no pudo sostenerlo.

costó cinco dólares.

en diciembre entró al salón de la fama, dos años después, el caballo de hierro expiraba en su casa, alejado de las cámaras, sin aficionados que le aplaudieran. el hijo del herrero dejó el mundo con la sencillez que la vida le marcó como destino.

«cuando tienes un padre y una madre que trabajaron toda su vida para que tuvieras una educación y forjaran tu cuerpo, eso es una bendición», dijo cuando se retiró, los órganos lo habían traicionado al fin, oxidados, uno a uno se negaron a seguir manteniéndolo con vida, el cerebro, ese que mantiene los recuerdos y la cordura le ordenó a su corazón, el que guarda los sentimientos, a seguir funcionando después de la hora de cenar.

tenía cuarenta y tres años.

«en verdad te quiero», se llama la canción que sonaba al fondo mientras recibía su homenaje, quiero imaginar que al escucharla tuvo una epifanía, y en la base del diamante, en el hogar al que todos buscamos volver, encontró la paz y la fuerza que necesitaba para afrontar el final en una de las estrofas que decía:

«la vida con todo su pesar y sus lágrimas se desvanece en sueños cuando estás junto a mí. atrás quedó el dolor, se fueron la duda y el temor por ti, en verdad te quiero, verdaderamente a ti».