DiMaggio: El héroe y la diva.

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Joe DiMaggio nació el año en que estalló la Gran Guerra, cuando Hobsbawm marcó el inicio del siglo corto que había pasado fugaz entre guerras internas, desgracias y la soledad. El hijo del pescador italiano supo llevar los mil novecientos y encarnarlos hasta el último de sus días. Odiaba el oficio de su padre y para evadirlo, pasaba las tardes pescando bolas en el fondo del jardín.

El héroe todavía se llamaba Giuseppe Paolo cuando inició como shortstop en las ligas menores, Vince su hermano, le pidió una oportunidad al manager de las Focas de San Francisco en 1932 donde encontró la vocación por golpear la bola.

Tres años más tarde, cuando la crisis había encontrado un nuevo pacto, DiMaggio, que ya empezaba a llamarse Joe Paul firmó la lealtad con su equipo definitivo, y viajó a la otra costa donde habría de asentarse hasta que el amor lo trajo de vuelta al Pacífico. Ahí conoció al hombre más feliz sobre la faz de la tierra, con el que hizo una mancuerna que no se había visto desde que el Bambino fuera el talismán de las maldiciones y partiera diamantes por la mitad con la impulsividad que lo hizo grande.

El 3 de mayo de 1936 bateó enseguida de Lou Gehrig y estuvo quince años en los Yankees, los suficientes para convertirse en una leyenda y llevar a su equipo a ganar nueve series mundiales, durante 1941, DiMaggio conectó de hit durante 56 juegos consecutivos, nadie lo ha alcanzado: “dar un hit diario se convirtió en algo más importante para mí que comer, beber o dormir” dijo mientras todavía se fogueaba con las Focas.

Luego vino la guerra y Joe se alistó, llegó a sargento y se desempeñó como instructor deportivo, nunca estuvo más allá de Hawaii ni en combate por más que pidió a sus superiores entrar en acción. Tal vez hizo más siendo un símbolo, usando otro uniforme, ganando y ayudando a ganar. Con el fin de la guerra volvió a los Yankees y se llevó tres series más en 47, 49 y 51 hasta que se retiró y se casó con la mujer más hermosa del mundo en 1954.

Norma Jane nunca supo sobrellevar la fama a la que Marilyn la condenó a muerte y Joe DiMaggio nunca entendió que se había casado con la mujer que se escondía bajo el símbolo sexual; el héroe y la diva nunca congeniaron en casa porque su mundo estaba en el exterior, en el glamour, en la carga de los personajes que estaban obligados a interpretar y que eran tan ajenos a sí mismos que no llevaban ni el nombre con el que nacieron. Nunca se supo si era Joe o Giuseppe el que golpeaba a Marilyn pero sabemos que lleno de celos no toleró ver a su mujer sonreírle a todos mientras el aire de los respiraderos de Nueva York le levantaba la falda blanca a su mujer y los rumores de las aventuras le hicieron perder el matrimonio.

La lealtad a los Yankees parecía más sólida que la fidelidad de su esposa.

Ambos se recuperaron del divorcio pero DiMaggio nunca se sobrepuso a la pérdida de Marilyn Monroe. Siguió apareciendo en revistas y dando entrevistas luego de entrar al Salón de la Fama en 1955, estuvo entre los rumores de estar inmiscuido en la gran organización italiana que defiende con sangre el honor de la familia y los lazos comerciales en ese estricto orden, y en 1962 el héroe de los Yankees se vio devastado al saber que su mujer había decidió dejar el mundo llena de veneno y en la más absoluta de las soledades. Nunca se volvería a casar. Los siguientes veinte años los pasó enviándole rosas a su tumba, tres veces por semana, ininterrumpidamente. “Toda mi vida ha parecido que he estado en el camino, viajando, nunca he tenido la sensación de estar en un solo lugar”, le dijo a Gay Talese años más tarde. La resignación llegó antes que el arrepentimiento.

El siglo de Hobsbawm llegaba a su fin en 1989 y mientras corríamos desquiciadamente a la incertidumbre Giuseppe Paolo se llenaba de canas y alquitrán en los pulmones. Todavía estuvo diez años más asfixiándose en un mundo que se le había escapado de las manos, que el tiempo y el amor le habían arrebatado. El gran DiMaggio, como lo llamaba el viejo pescador de Hemingway inició 1999 hospitalizado invadido por el cáncer, salió en marzo sólo para despedirse de todos y antes de que el silencio del héroe lo inmortalizara apenas y alcanzó a murmurar “finalmente voy a ver a Marilyn”.

Jose dimaggio

Nunca lo sabremos. El héroe murió presa del humo que respiró toda su vida en un siglo condenado por la guerra, por la fama inmerecida y su peso aplastante, por la insatisfacción que ensombrece al éxito, por el arrepentimiento de los actos que lo llevaron el amor perdido y sacrificado, por el legado de ser el que pudo golpear más allá de lo permitido, y correr desesperado, y huir, y tal vez volver al hogar, anotar y sólo entonces, encontrar la paz.