«The Death Row All Stars», jugaban beisbol por sus vidas

Death squad Fb

Los 30 millones de dólares que ahora en 2015 cobra Alex Rodríguez por cada temporada de bigleaguer, son nada en comparación con lo que recibían hace un siglo los integrantes de «The Death Row All Stars» (El All Stars de la Fila de la Muerte). Ellos jugaban para salvar sus vidas. O por lo menos, para lograr que aplazaran su ejecución.

Era un equipo integrado exclusivamente por presidiarios sentenciados a muerte, quienes jugaban a comienzos del siglo XX.

Entre ellos hubo un mexicano de Zacatecas llamado Roberto (Bobby) Guzmán, de 28 años de edad, sentenciado por asalto, robo y homicidio. Pero una tarde, el director de la cárcel, Felix Alston, le informó que debido a sus fallas en los dos últimos juegos quedaba fuera del roster, y que sería ejecutado (ahorcado) la siguiente semana. Roberto no pudo esperar ese día. Se suicidó ahorcándose él mismo al colgarse en su celda con las tiras que hizo del uniforme de presidiario.

 
LIBRO Y PELÍCULA

La otra cara del drama es la historia triunfal que durante 1911 y 1912, dos de los cinco años que duró el club, 1911–1915, vivió Joseph Seng, slugger, shortstop y outfielder, el más notable de aquellos peloteros.

En un libro aparecido en 2004, titulado «Playing for Time», Chris Enss cuenta cómo era la vida en la Wyoming State Penitentiary, ubicada en el pequeño poblado de Rawlins, y muchas veces llamada «The Crossbar Hotel» (El Hotel de los Barrotes Cruzados). El tema central es cómo operaba el equipo, conocido como «The Death Row All Stars» (El All Stars de la Fila de la Muerte).

Alston estuvo al frente del penal durante nueve años, entre el 17 de abril de 1911 y el primero de marzo de 1919. La cárcel «era conocida no sólo por el tratamiento estricto a que sometían a los delincuentes, sino también como la casa de uno de los más originales equipos de beisbol».

 
ASÍ FUE EL ASESINATO

Pictures from "Death Row All-Stars" for Sunday PostScript. Prison picture of Joseph Seng. Two others of team.
Joseph Seng.

Seng era el preso número 1612. Nativo de Allentown, Pennsylvania, uno de 12 hermanos en una familia de escasos recursos económicos. Su preparación no pasó más allá de la primaria. Había sido sentenciado a muerte porque mató a tiros a quien había sido su jefe, William Lloyd. Le descargó un revólver «Colt», calibre 41, en la cabeza.

La empresa de los trenes, «Union Pacific Railroad», era la fuente de trabajo más importante de Rawlins. Seng trabajaba ahí como watchman. Una mañana, Lloyd le llamó la atención en altavoz y ante otros trabajadores, porque había golpeado y robado a unos desamparados que dormían en la casa que servía como estación de los trenes. Seng tenía una larga historia de delitos menores y callejeros, como borracheras escandalosas, peleas, robos y agresividad.

Los dos hombres se liaron a golpes, hasta que Joseph sacó el arma que llevaba oculta en un bolsillo del pantalón. El expediente del caso señala que después de caído Loyd, Seng le disparó dos veces más, siempre en la cabeza.

El jurado necesitó tres días de deliberaciones para declararlo culpable. Y cuando el juez lo sentenció a morir ahorcado, todo lo que hizo Joseph Seng fue ver a su abogado defensor, y reír con arrogancia, como si estuviera por encima del mundo, de la justicia y de la muerte.

 
EL SUPERESTRELLA

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Cuando Alston llegó a la cárcel, se esperaba que Joseph fuera ahorcado en pocos días. Pero el nuevo director, fanático del beisbol, de los Tigres de Detroit y de Ty Cobb, vio una mañana cómo un grupo de los presidiarios practicaban con un bate, pelotas y guantes. Le llamaron la atención especialmente las habilidades de Joseph Seng.

«Me pareció poseedor de tales condiciones, que bien podría jugar en Grandes Ligas», comentó Alson años después.

Y entonces se le ocurrió que si aquel grupo, parte de los habitantes del penal, en espera de una inevitable y cercana muerte, practicaba el beisbol con seriedad, si se organizaba con ellos un equipo que pudiera jugar con clubes de fuera y ganarles, los días de vida que les quedaban serían más llevaderos. Mientras más maduraba su idea, más motivos encontraba para su entusiasmo. Así fue como se dispuso a conseguir para los integrantes del equipo, que si jugaban bien les pospusieran las fechas del final de sus vidas. Era Alston tan entusiasta, que su hijo, Felix Jr., de nueve años, se convirtió, uniformado, en mascota y bat-boy.

El nombre real del equipo era Wyoming State Penitentiary (WSP), pero los diarios, que dedicaban buen espacio a la actividad, lo identificaban más como The Death Row All Stars.

 
PELOTEROS ESPOSADOS

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Pronto la mayoría de los ocho mil habitantes de Rawlins se hicieron admiradores del All Stars, y especialmente de Seng. Igual acudían a verlos jugar en el campo acondicionado en la cárcel, que cuando viajaban a otros sitios.

Durante esos viajes, uniformados de peloteros, llevaban a los presos en autobuses blindados, esposados y con los tobillos de uno unidos a los de otro por cadenas. Así bajaban, por supuesto, con pasos difíciles al llegar a los sitios de juego, y sólo los liberaban de esas medidas de seguridad cuando llegaban al dugout.

Para entonces, todo el lugar estaba rodeado de guardias especiales para evitar fugas.

Inmediatamente después del último out de cada juego los volvían a esposar y a asegurarlos por los tobillos, y los llevaban al vehículo para el regreso.

 
EL CABALLERO SENG

Joseph Seng se dedicó a sacar la bola de los parques, tanto a la zurda como a la derecha, y en el shortstop o en el rightfield demostraba seguridad para capturar la pelota, y fuerza y educación en el brazo con sus tiros. Además, corría como desesperado y cuando era necesario se deslizaba para llegar a la base, a veces con los pies por delante, en oportunidades de cabeza, tiñendo su cara con la tierra que levantaban las manos.

La cárcel y el deporte mejoraron la conducta de Seng. En su libro, dice Enss…: «La positiva influencia del beisbol y sus meses en La Línea de la Muerte, transformaron a Seng, antes de actitud arrogante, en uno de los más humildes presidiarios».

Tanto, que se hizo enfermero para atender a los presos enfermos.

 
TODOS ENVENENADOS

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El equipo de mayor rivalidad para la gente del presidio fue el de la Wyoming Plumbing Supply Juniors. Cuando se enfrentaban, no sólo había más gente en las tribunas, sino que las apuestas eran escandalosas. Durante estos años, el beisbol en todas sus categorías, incluidas las Grandes Ligas, estaba contaminado por los apostadores.

Cierto viernes, a dos días de un encuentro entre esos dos equipos, todos los del WSP resultaron envenenados. Sospecharon que era obra de los del otro club en complicidad con apostadores, para garantizarse la victoria, ya que el domingo estarían débiles en la recuperación del mal. Pero Seng se encargó de atender rápidamente a todos y a sí mismo, con tal eficiencia, que no sólo ganaron el domingo, sino que la pizarra fue tan convincente, como 14–3.

 
LOS MEJORES DE SU AMBIENTE

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Tan buenos eran «The Death Row All Stars» que fueron calificados como «The Best in the West» (Los Mejores del Oeste), después que en los dos primeros años ganaron 39 juegos y sólo fueron derrotados en seis oportunidades. Y se enfrentaban a los mejores conjuntos no profesionales de la región en el terreno que quisieran. Solían cobrar 25 centavos por entrar a estos juegos, con cuyo dinero ayudaban a la existencia de los dos grupos en la acción.

 
SOLO 10 PELOTEROS

«The Death Row All Stars» eran sólo 10, como funcionaban la mayoría de los rosters de la época. Y por supuesto que los nombres cambiaron a menudo. Quien no rendía lo suficiente para ganar, no era bajado a las menores, sino más bien subido al patíbulo.

El capitán del equipo de la cárcel era George Saban, segunda base, quien dijo de Seng…: «Ha sido el mejor pelotero que he visto, incluidos los bigleaguers».

El lanzador William Boyer (número 969, sentenciado por asesinato de su padre); y el receptor Horace Donavan (600, asesinato), eran dos estelares también. Otros de los que jugaron por sus vidas fueron, el 1B Leroy C. Cooke (1749, asesinato); el LF Lazlo Korda (806, rapto y asesinato); Jack Carter, 3B (1109, asesinato); Benjamín Owen P (335, asesinato); Simón Kenler, RF (1443, rapto y asesinato); Darius Rowan, CF (5225, rapto y asesinato).

 
FINALMENTE EJECUTADO

De pronto Joseph Seng cayó en un inexplicable slump, y como era de rigor, tuvo que ser sacado del roster camino a la muerte.

Después de varias posposiciones, y en medio de centenares de solicitudes formales porque se le conmutara la pena a cadena perpetua, Joseph Seng fue ejecutado el 24 de mayo de 1912. Tal como era de rigor, tenía las manos esposadas a la espalda, cuando a las 2:45 de la madrugada se abrió bajo sus pies la compuerta. El cuerpo cayó al vacío y quedó colgando del cuello. Murió nueve minutos después, a las 2:54.

El equipo sin él ya no fue el triunfador que había sido. No sólo por la ausencia de sus habilidades, sino también porque su muerte produjo desánimo en los demás jugadores. Tres años después terminó la historia del más extraño conjunto de peloteros que ha existido. Y todos sus jugadores fueron ejecutados.

 
LA CÁRCEL PUEDE VISITARSE

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Hollywood intentó hace 10 años, en 2005, revivir los hechos, mientras El Hotel de los Barrotes Cruzados, en Rawlins, Wyoming, que fue cárcel entre 1901 y 1981, es ahora un museo. Pero mantienen las galeras y las celdas tal cual fueron siempre.

Los de La Fila de la Muerte vivían en celdas de metro y medio por dos metros y medio, aseguradas al frente con puertas de gruesos barrotes. Allí están, tal cual han sido desde hace más de un siglo. Pero ahora, lejos del bullicio de los presos, parecen sumidas en las profundidades de un silencio que invita a imaginar con el terror lógico, como es la vida cuando se sabe que uno va a morir ejecutado.