«Popeye» Ochoa, una estrella de los disparos

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Los años de gloria se quedaron en el pasado. Las hazañas deportivas en la lomita de los disparos, son un recuerdo. Atrás quedó la fama y los triunfos. De eso, vive alejado de los reflectores Julio «Popeye» Ochoa Rodríguez, uno de los mejores pitchers oaxaqueños de todos los tiempos.

Era un lanzador derecho de gran presencia en el montículo, según cuentan quienes lo vieron jugar. Los rivales le tenían respeto y sus compañeros confianza para ganar partidos cuando salía a la lomita de las responsabilidades. Tenía bien ganado el mote de «El Popeye». Tiraba lumbre al plato. Su recta era de 92 millas por hora. Era una silueta indescifrable para el madero de los bateadores a los que enfrentó en su carrera.

Quizá no sea recordado por muchos fanáticos como un inmortal de la Liga Mexicana de Beisbol (LMB). Pero era un artista que pintó la zona de strike e intimidó hasta el mejor bateador de su época en las décadas de los ochenta y noventa. Tuvo como uno de sus clientes en el plato de bateo, según cuenta él mismo, al americano Rad Keith, quien jugaba para Sultanes de Monterrey.

«A ese ya me lo traía de carrerita cada vez que jugábamos. Se enojaba cuando me veía lanzar. Le tiraba y a veces se quedaba parado, ya no le tiraba», según recordó Ochoa en una entrevista para un diario de Oaxaca hace un par de años.

Jugó por 11 años en la Liga Mexicana. Defendió las franelas de Alacranes de Durango, Alijadores de Tampico, Charros de Jalisco, Piratas de Campeche, Plataneros de Tabasco, Unión Laguna, Águila de Veracruz y Tecolotes de Nuevo Laredo. Su presentación profesional llegó muy tarde. Lo hizo a los 28 años, allá por el año de 1979.

Entre las anécdotas curiosas de su carrera como lanzador, se recuerda una de 1985. Fue un partido de los Alijadores de Tampico. Ochoa Rodríguez abrió el partido. Adán Muñoz fue su rival de montículo por Dorados de Chihuahua. Fue un duelazo de pitcheo. Se fueron cero a cero hasta la entrada número 11. Tampico hizo una carrera sucia, para abrir la registradora. Pero vino, recuerda la crónica de ese partido, una rola para Jesús Sommers por la tercera base y se le fue bajo de las piernas. Lo dieron como hit. Ochoa era el lanzador y ahí se le fue el juego sin hit ni carrera. Cuando le reclamó a su compañero (Jesús Sommers), la explicación fue simple y lapidaria. «La bola me ganó».

Los números del famoso «Popeye» en los diamantes mexicanos fueron de 73 juegos ganados, 203 juegos salvados, 24 juegos perdidos y 1.02 porcentaje de efectividad. No jugó en Ligas Mayores por su edad. Estuvo a nada de ir a Los Ángeles Dodgers cuando lo vieron los cazatalentos, pero a sus 29 años era ya muy tarde.

«El Popeye» Ochoa, junto con su hermano Porfirio Ochoa Rodríguez, de apodo «Condorito», fallecido en el 2013, así como Jesús «Chito» Ríos y Nelson «Almirante» Matus (novatos del año en 1982 y 1984), José Marcos Castillejos y Gelasio Guzmán Zárate «Pistolero», formaron parte de una generación de lanzadores oaxaqueños que marcaron época en aquellos años. Casi siempre dominaban a sus oponentes con sendos «chocolates». Era como la marca de la casa.

En la actualidad, Ochoa Rodríguez, vive en una modesta casa en esta pesquería del Mar Muerto, en la comunidad de El Conchalito, en San Pedro Tapanatepec (Oaxaca), alejado de las luces de la fama, junto a su esposa, hija y nietos. Ahora se dedica a la pesca, pero también a formar altruistamente a las nuevas generaciones de peloteros de El Conchalito y de su natal, Los Corazones, una comunidad cercana de donde es originario. Ahí nació el 17 de julio de 1953.