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Héctor Espino, «el Babe Ruth mexicano»

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Hablar de los ídolos dentro del diamante mexicano en su historia nos remite inmediatamente a uno de los mejores. Fue estrella en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado: nos referimos a Héctor Espino.

Su tradicional frase de «las mejores jugadas se logran con mucha madera» lo distinguió, no sólo con palabras, sino con hechos en su carrera por los diamantes de beisbol mexicanos. El dicho lo hizo realidad y lo catapultó hasta los altares del rey de los deportes.

Nació en la ciudad de Chihuahua el 6 de junio de 1939, en la casa marcada con el número 4813 de la calle 34, esquina con Justiniani, en la populosa colonia Dale. Héctor Espino González, que era su nombre completo, es considerado hasta la fecha como el mejor bateador mexicano de todos los tiempos. Era temido con el bate y por su capacidad para dar el batazo oportuno a favor de su novena. Nació y creció en un ambiente propicio para desarrollar el gusto por la profesión y la pasión de su vida: el beisbol. Ello lo comenzó desde su barrio.

Su dominio del madero era tal, que en su época era conocido como el «El Niño Asesino», más tarde como «El Niño Rebelde», y ya como profesional, como el «Superman de Chihuahua». Fue tal su legado dentro del campo de juego, que su fama pasó a la frontera del norte. En Estados Unidos y aunque no jugó en Grandes Ligas (sí en AAA con Jacksonville, sucursal de St. Louis Cardinals), en el Salón de la Fama, reposa la franela que él utilizó. Debajo, una leyenda que a la letra dice: «El Babe Ruth mexicano».

Prueba de ello son los números que dejó como profesional. La historia beisbolera lo recuerda como campeón bateador en las temporadas 1964, 1966, 1967, 1968 y 1973. Cuatro campañas, además fue el mejor jonronero de la liga. En su carrera sacó 453 ocasiones a «doña blanca» del parque de pelota. Espino jugó en su carrera 3 mil 879 juegos, incluso más que estrellas de las Grandes Ligas como Pete Rose. Conquistó 18 títulos en 24 temporadas como jugador profesional en verano e invierno.

A esos números debemos agregar las 1,573 carreras que remolcó; los 2,752 imparables que conectó y porcentaje de bateo de por vida de .335. Todo lo anterior le dio para ser uno de los inmortales del Salón de la Fama del Beisbol Profesional de México, que lo introdujo en 1985 debido a la gran cantidad de marcas establecidas en sus 24 temporadas en la liga de verano y en la de invierno. Todo el año jugaba a la pelota. En verano lo hizo con Sultanes de Monterrey, Tampico, Unión Laguna, León, Saltillo, Monclova y Diablos Rojos del México. En invierno sólo defendió la franela de Naranjeros de Hermosillo.

En cualquier diamante mexicano, era muy sencillo de reconocer. Fuera de su tradicional número 21 en la franela, el anunciador del estadio, más cuando era local su equipo, la frase inconfundible era: «¡Al bat… Héctooooooor Espino!». En las tribunas, la afición se levantaba de su asiento y comenzaba a aplaudir, seguros de ver, casi acto seguido, desde un hit hasta un cuadrangular.

Desde sus inicios como profesional comenzó a brillar con luz propia. En la temporada de 1962 ganó su primer cetro individual, al llevarse el galardón como «Novato del Año» de la Liga Mexicana de Beisbol jugando para los Sultanes de Monterrey al batear .358 con 23 jonrones y 105 impulsadas, líder junto con Alonso Perry. A partir de ese año, su carrera sólo fueron éxitos.

La madrugada del 7 de septiembre de 1997, en la ciudad de Monterrey, el beisbol se llenó de luto. Ese día, un infarto al corazón pudo más que miles de lanzamientos desde la lomita de los pitchers contrarios. Ahí comenzó, entonces, la leyenda de Espino González. En su honor y a su trayectoria, el parque de pelota de la ciudad de Hermosillo lleva su nombre desde 1976. Una distinción que pocos hombres tienen. No es para menos, fue el mejor Naranjero y el mejor beisbolista de todos los tiempos de nuestro país.

Sus récords se han quedado para ser inmortalizados. Sus hazañas lo colocaron como leyenda de la pelota universal. Ese fue y es Héctor Espino.

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